lunes, 30 de noviembre de 2015

Ella

Solo lo pudo ver cuando se atrevió a aceptarse. A acoger todos sus silencios, y los de todas las preguntas sin responder que a veces brotaban de repente. Asumió también todos sus ruidos, y dejó que salieran volando por esa ventana que hacía tiempo que no podía abrir.

Se vació, y al vaciarse se encontró con todo aquello que llenaba sus ojos. Vio los brochazos azules de todos los mares que la habían bañado. Reconoció el intenso verde, el que crecía en sus pupilas, con el que la esperanza se los pintaba. Y el profundo tono de su propio ser.

Escuchó la música que sonaba en ese momento: una niña tocaba con caricias la mano derecha de su abuela, melodía capaz de llenar de paz a todo aquel que la sintiera. Y recordó que lo grande no hay que buscarlo en cosas grandes, sino que lo grande late en el corazón de las cosas más pequeñas.

Así que, con alguna certeza y un abanico de colores por descubrir –en ella misma y en los demás- decidió espontáneamente pintar su mundo, el pedacito de universo que se confiaba en sus manos.


Cuando salió por primera vez a retomar ese trabajo que inconscientemente había empezado de pequeña, con un par de botes de alegría, escucha, generosidad… y los pinceles de la ternura y la paciencia, se sorprendió al contemplar en el espejo la sonrisa más sincera que jamás había visto, aquella que no dibujaban sus labios.

martes, 6 de octubre de 2015

Hacia abajo

Se volvieron a encontrar.

Uno, un día empezó a mirar hacia arriba, soñaba con subir, subir y subir. Empezó a superar peldaño tras peldaño (y a recurrir a algunos atajos) hasta verse en la cúspide. Dejó de mirar a su alrededor, tenía la vista fija en el escalón siguiente. No veía si quiera a la gente que pisoteaba en su ansiado ascenso. Pero una vez allí, en lo más alto de todo, los atractivos que se veían desde abajo ya no brillaban tanto. Eran solo espejos que reflejaban las grandezas del suelo.

Sin embargo, al otro le encantaba ir a todas partes saltando de alegría. Era algo que le nacía desde dentro, de manera que su felicidad estallaba entre brincos a veces incomprendidos. Como en esa escalera no podía saltar con tanta amplitud, decidió ir al suelo, ponerse al nivel de cualquiera. Pero al llegar descubrió el mundo con todo su esplendor, libre, grande, esperanzado. Y la vida le enseñó que cuanto más pequeño se hacía, más crecía el mundo. Cuanto más bajaba y se acercaba a los demás, más aumentaba ese algo que le hacía brincar.

Entonces un día se volvieron a encontrar. Uno y otro habían partido desde el mismo escalón, uno hacia arriba y otro hacia abajo. Se encontraron a medio trayecto, en el origen de sus caminos ya largamente recorridos. El de arriba lloraba de soledad, y se encogía por el peso de las cadenas que le ataban -para no caerse de la cúspide de la pirámide-. El de abajo describía los rostros de cada día, lleno de la libertad de saber que la caída es pequeña, ya que más abajo no se puede estar.

Impresionados por el contraste de sus realidades, los dos decidieron bajar. Uno le enseñó la delicadeza del equilibrio al que siempre se había acostumbrado, mientras el otro le daba la mano para lograr la confianza y la bondad que uno había olvidado hace tiempo.

Llegaron a abajo y aprendieron de todos los niños que -como un día ellos- saltaban de alegría con gracia y cierta temeridad. Aunque alguno -engañado por el falso y vacío brillo de los espejos- miraba desconsolado la cúspide de la engañosa pirámide.



jueves, 3 de septiembre de 2015

Tragedia

-Di pa-pá... paaapá... ¡muy bien! ¿y dónde está tu hermano?... Ahí está, sí

Ella sujeta a su hijo -aún bebé- entre sus brazos con sumo cuidado. No puede imaginarse nada que le haga tan feliz como su familia, el pequeño tesoro de su vida. Lo pone, despacio, entre los brazos del hermano, que mira a su madre con el orgullo de saber cuidar al pequeño. Ella, encerrada tranquilamente entre los brazos de su marido, disfruta contemplando esta imagen, intentando retener cada detalle en su retina. Los dos niños se ríen con la inocencia en sus labios y los adultos se unen a la alegría, dándole la espalda, por unos minutos, a la preocupación que lleva años arrojándose sobre ellos.




Siempre papá y mamá han soñado con un lugar en el que puedan volver a trabajar, y me hablan, emocionados, de lo que estudiaré en el colegio al que alguna vez podré ir. Mamá nos enseña a nosotros y a los vecinos algunas cosas. Es divertido cuando todos vienen a casa y ella nos premia si escribimos bien todas las letras y las palabras. Pero a veces oigo susurrar a los mayores, hablan de todo lo que les preocupamos. No deberían ponerse así, olvidan que me tienen a mí. Porque en los días que fuera hace mucho ruido me encargo de que los otros niños no pasen tanto miedo. Le doy la mano a mi hermano Aylan y a nuestro primo, y si también están los vecinos me invento algún juego con ellos. A veces los tíos nos hablan de cómo eran las cosas mucho antes de que yo naciera, al parecer podían comer varias veces al día sin ningún problema. La verdad es que no sé cómo consiguen ahora la comida, cada vez es más escasa y por eso nos duele frecuentemente el estómago.




No podemos seguir así. Somos unos privilegiados, podremos salir la semana que viene. Al final lo hemos conseguido.Tenemos mucho miedo, sabemos lo peligroso que puede ser. Pero es más peligroso quedarnos aquí. Ni siquiera este mes de agosto ha pasado sin bombardeos. Queremos lo mejor para los niños, aunque ahora por ello no tengamos nada. Lo dejamos todo atrás, esperamos encontrarnos algo mejor en la otra orilla, aunque sea la seguridad y un futuro más allá de la guerra. Embarcaremos en Alihoca y dejaremos atrás el país de nuestros padres. Lo importante es que vamos todos juntos, los cuatro. 




No recuerdo nada. Sé que estaba llorando y mamá me apretaba con demasiada fuerza la mano. Los otros también lloraban. Estábamos apretados y muy asustados, hasta que volcó la barca hinchable. Papá, no te preocupes, tranquilo. Cuando nadie te quería ayudar, después de esperar tantísimo tiempo, conseguiste llevarnos a este nuevo país. Lo has conseguido, eres libre de la guerra y la miseria, aunque intuyo que queda un durísimo camino por delante. 

Papá, todo el mundo me conoce. Estoy en todas las pantallas, pero nadie me quiere ver. Papá, estoy en todos los periódicos, pero no lo dudes: muy pronto todos me olvidarán. Me ven vestido con la camiseta roja, esa que tanto le gustaba a mamá. Todos intentan olvidarme con demasiada rapidez, intentan convencerse de que no pueden hacer nada. Tranquilo papá, saben mi nombre, pero solo soy un número más de todos los anónimos, de carne y hueso, que mueren en el camino de la esperanza, en el Cementerio de Europa. Papá, ya no podré ser un superhéroe, como siempre me decía Galip. Ni tampoco podremos ir a la escuela, como le hubiera gustado a mamá. 
Papá, no sé porqué estoy tirado en la arena, ni porqué las olas que primero me tragaron después me mecieron hasta aquí. Papá, solo sé que te quiero, y a mamá y a Galip. Papá, te queremos mucho. Papá, escucha, tranquilo, no llores más. Papá, déjanos quedarnos en ese lugar que tanto te gusta, déjanos quedarnos a los tres en un rinconcito de tu herido, pero enorme, corazón. 





"A ver si Europa se entera que no hay quien ponga barreras al sueño de la esperanza,
que el alma se aferra a un sueño y el sueño mueve las barcas"



martes, 1 de septiembre de 2015

La pasajera que decidió viajar sin prisas

Gente, mucha gente. Demasiados destinos diferentes. Distinto equipaje.
Una mañana de sueño, quizás con muchos sueños. Caminos señalados, transitados con demasiada prisa. Telarañas humanas que intentan retener, atraer, entretener... y vender. Con escaparates y alarmas. 
Un posible desayuno cada vez más caro, amparado por un enchufe que daba vida al portador de las llaves de la nueva puerta por la que hay que adentrarse: la vuelta al hogar (el otro hogar).
Un cielo aún perezoso con nubes por pecas y amanecer sonrojado, ventana de los que apuran el último suspiro del café. Hay a quien le encanta este sitio, observar gente y ponerse a divagar sobre las vidas de los efímeros cuerpos que se cruzan por delante hasta desaparecer en un infinito cercano. 

Fue entonces cuando la vi. 
Supe que era ella, aunque ni siquiera levantó la mirada. La recuerdo perfectamente. Sentada, leyendo tranquilamente. Coronada por unos abundantes rizos rubios, tez blanca, rostro agradable. Nacionalidad, desconocida. Mundialidad, evidente: terrestre. 
Lo supe. No sé porqué. Era ella, lo supe al vuelo. 

La persona del título... una de las pocas (¿sería la única?) en ese día de aeropuerto.



domingo, 2 de agosto de 2015

Madera

Me temblaban las manos
como el vaivén de la madera.
Estaba yo, sola,
y de repente estaba llena,
rodeada, desde abajo
por nuevas voces
que rompían mi crepitoso silencio.
Subí la escalera y pisé sus huellas,
me aferré a la barandilla
por la que pasaron ellos.
Escuché de nuevo,
ahora eran viejos.
Demasiadas arrugas
 juntas en un cuerpo
subí, bajé, les vi sentados
 como atendiendo
intentando aprender
a los niños, a los viejos.
Y ahora yo, sola,
ocupando mi tiempo en su espacio
mi espacio fuera de su tiempo.
Su presencia es recuerdo,
vagos fantasmas,
risas sin ecos.
Dejé de ser una extraña
bienvenida pero extraña,
para ser la de siempre,
la que quizás un día
sea otro fantasma del tiempo.
Espero que por lo menos
entonces resuene mi eco
no tanto de mi risa
sino de lo que late en mi cuerpo.



jueves, 23 de julio de 2015

Aunque no sepa retratarte

Sabes que no puedo
describir la forma de tus besos
ni el aroma de tus alas,
el color de las caricias
ni el calor de tus palabras.

Sabes que quisiera
predecir, con cautela,
cada una de tus arrugas
y acariciarlas y besar
tus heridas más profundas.

Aunque nos desgaste
el tiempo, volátil e infame,
con el roce de sus años,
ni siquiera la ausencia podrá
apartarme de tu lado.

Aunque a veces el silencio
interrumpa nuestro espacio,
serán mucho más fuertes
los desapercibidos detalles
y tu mirada transparente.

Perdóname así como soy,
porque es poco lo que te doy
cuando no hay expresión
ni canto ni danza ni paisaje
que sea grande en tu interior.

Sabes que no puedo
describirte con un verso,
ni a tu estar, tu luz o tu voz.
Pero si tuviera que llamarte
sin duda, de mis labios saldría amor.




lunes, 13 de julio de 2015

FHAL

Aún tengo tu mirada
clavada en la retina.
Me persigue,
de repente aparece
como en aquellos días,
buscando, esperanzada
luz en la noche más temible.

Aún encuentro en ella
esas olas de mar sangrío
de sueños muertos teñidas
al sufrimiento, indiferentes.
No comprenden que la vida
es mucho más que un camino
que no cabe entre fronteras.

Aún recuerdo tu paciencia
llena de fe y esperanza,
y en cada ojo reflejado
lo poco que nos hace diferentes:
la experiencia de tus años,
el dolor a tus espaldas,
tu humanidad, mi indiferencia.

Aún lo recuerda tu mirar,
no solo las palabras hablan
lo importante en el fondo
es lo bueno que cada uno
guarda sin máscaras ni despojos,
lo que su corazón canta
con la verdad de su propio amar.

No sé si he aprendido
que a los dos nos brillan
con el mismo brío las estrellas.
Ni sé a dónde me llevarán
el desgarro y la impotencia,
si caerán en esa cima
donde ignoro todos los gritos.

Pero aún veo tu mirada, Fhal,
clavada en mi retina.
Me busca,
me saluda y me recuerda
lo grande que es la vida.
No sé qué encontrabas, Fhal,
en mi pobre y torpe escucha.

Espero que nunca deje
de hallarme en cada esquina,
me interrogue y despierte
del solo verme a mí misma.
Aunque no pueda una mirada
cambiar a todo un mundo,
a mí sí que me cambia…

Aún espero tu mirada, Fhal,
grabándose en mis pupilas.
Dándome un poco de tu confianza
de tu esperanza y justicia.
Que no se me olvide pronunciar
tu nombre, con toda tu vida.
Guardo tu mirada, Fhal…

 y te ofrezco la mía.